Un compañero (que vive cerca de la zona donde al parecer ha acontecido una “traición histórica”) hablaba recientemente del “coñazo de Gibraltar”, señalando con toda la razón que lo que a él le parecía de relevancia es que en dicho lugar, gracias a su particular relación con la UE, se pasen sistemáticamente las normas comunitarias en materia medioambiental por el Arco del Triunfo.
Pero yo, que soy mucho más débil que el resto de mi allegados blogueros, no puedo resistirme a opinar sobre el trillado tema de Gibraltar:
Si seguís con alguna regularidad esta bitácora habréis leído en alguna ocasión que en materia de “cuestión nacional” me muevo bajo principios bastantes simples, adscribiéndome en este tema por completo a las tesis leninistas. Defiendo que desde la izquierda debemos subordinar el “sí” o “no” a la autodeterminación a los intereses de clase, planteando el asunto de una forma condicional.Mi planteamiento teórico es coincidente con el de la derecha, la cual también toma sus posturas sobre la cuestión nacional atendiendo a los intereses de la clase a la que defienden, siendo así capaces de defender a los nacionalistas de Santa Cruz o el Kurdistán iraquí, a la vez que atacan los movimientos nacionalistas del País Vasco o el Kurdistán turco.
Sucede que la derecha tiene más fácil que yo el identificar cuáles son sus intereses de clase: todo el mundo sabe dónde está el dinero, por lo que a la derecha le es sencillo tomar una postura clara en casi todos los conflictos nacionales. Sin embargo saber con certeza qué es mejor para las mayorías es más complicado, con lo cual esos principios simples a los que me atengo acaban por tener una traslación práctica compleja: puede llevar algún tiempo el conocer, por ejemplo, la naturaleza de los movimientos nacionalistas de Osetia o Abjasia, o las implicaciones que podía tener la secesión de esos territorios (de hecho gracias a la sociedad de la desinformación selectiva en la que vivimos puede llegar incluso a ser casi imposible tomar postura a favor de unos, de otros o de ninguno).
En el caso de Gibraltar la prioridad debería ser acabar con el Peñón como paraíso fiscal. Lo peor que podría suceder sería que se perpetuase su régimen económico. Si Gibraltar llegase a ser un Estado, necesitaría subsistir como lo hacen el resto de microestados, a base de atraer miles de empresas mediante seducción fiscal. Es por eso que soy contrario a la constitución de un Gibraltar independiente, por entender que su viabilidad dependería del mantenimiento de su condición de paraíso fiscal. También soy contrario, por idénticas razones, a que continúe con su estatus especial actual dentro de la UE, que permite que hagan lo que hacen.
El que se integrara plenamente en Gran Bretaña o España haría que las disposiciones de los tratados de la Unión se aplicaran a Gibraltar. Eso sería lo más conveniente.
Dentro de esas dos opciones (plena integración en España o en Gran Bretaña) no tengo en principio preferencias. Si lográis que se reúnan Roman Abramovich, Amancio Ortega, Lakshmi Mittal y Emilio Botín para decantarse por una de ellas, a mi apuntadme a la contraria.


