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Reclamando el comunismo jacobino

El último artículo del camarada Pedro Mª De Palacio, en el que menta la interesante conexión entre la tradición democrática marxista y la tradición republicana jacobina, me ha hecho retomar un tema que fue precisamente con el que abrí éste blog.

Cuando usa uno el término “jacobino” corre el riesgo de ser malinterpretado. La apropiación indebida que del concepto de “jacobinismo” han hecho muchas personas que no compartían con los jacobinos más que los tópicos que sobre ellos se han vertido, hace que cuando alguien se reclama de la herencia del grupo de Robespierre sea considerado, sin más, un tipo al que le gusta algo así como un modelo centrípeto de Estado.

El republicanismo de los jacobinos es, al igual que el comunismo, un movimiento emancipatorio. Podemos considerar al comunismo el continuador natural de ese republicanismo, por cuanto ninguna otra ideología perpetuó la lucha por la intervención directa de las clases sometidas en la soberanía del Estado que en su día lideraron los jacobinos.

Es un lugar común el considerar el jacobinismo como una especie de absolutismo centralista: nada más lejos de la realidad. La batalla más radical contra el centralismo no la dan quienes se oponen a él reclamando un centro de mando administrativo periférico, lo auténticamente revolucionario para combatirlo es propugnar más participación directa de la ciudadanía, y eso es lo que pedía los jacobinos: soberanía de la sociedad civil.

Reclamaban que se dejara a las comunas el poder de reglar ellas mismas sus propios asuntos en todo aquello que no concierna muy esencialmente a la administración de la república, no siendo las comunas órganos delegados, sino instrumentos de intervención directa por parte de los habitantes del municipio.

Los comunistas que se reclaman de la tradición jacobina hacen también suyas las reflexiones relativas a la formación de la voluntad general del pueblo que sostenía Saint-Just en sus dictámenes: “Aquel que no es nombrado por el concurso simultáneo de la voluntad general no representa más que a la porción de pueblo que lo ha nombrado; y los diversos representantes de estas fracciones, si se reúnen para representar el todo, están aislados, sin vinculación con sus sufragios y no forman una mayoría legítima. La voluntad general es indivisible.

Así pues, aparte de las preocupaciones propias que giran en torno a la principal contradicción que es la que enfrenta a quienes como poseedores del capital controlan los medios de producción y quienes se ven explotados por su condición de trabajadores asalariados, la lucha de los comunistas hoy, enraizándola con el republicanismo clásico, debería tener también como prioridades la democracia participativa en los asuntos políticos y la cuestión de la formación de la voluntad general, que como proyecto inmediato podría tener la reclamación de una circunscripción única electoral en el Estado.

En estos tiempos de crisis comprendo que el pedir más participación o volcar las energías en el problema del sistema electoral podría ser visto como una frivolidad…pero también es necesario que intentemos marcar los discursos políticos en la medida en la que podamos y que no siempre nos vengan dados: recuerdo que en unas jornadas sobre “juventud y precariedad laboral” organizadas por las Comisiones Obreras, el ponente que teníamos la UJCE, tras abordar lo que se esperaba que fuera abordado, dio un giro y acabó hablando de nuestro proyecto republicanista de democracia participativa. Seguramente fue chocante para algún asistente, pero al igual que las reivindicaciones de igualdad género se pretende que se recojan en todos los frentes de la izquierda transformadora, no estaría de más el intentar meter (siempre que no resulte demasiado a calzador) el ideario democrático radical jacobino.

Si somos diligentes estoy seguro de que los oídos ajenos irán siendo cada vez más receptivos a éstas reivindicaciones.

Artículos relacionados: La democracia jacobina, de Joaquín Mirás.