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La tortura a consulta. Lo que la democracia no es.

Consultar a los ciudadanos sobre la permanencia o el fin de la barbarie me parece muy peligroso.

Ayer leíamos que los ciudadanos de Paterna, por fortuna, han decidido que no quieren volver a celebrar el “festejo taurino” conocido como “bous al carrer”, una tradición brutal que ya había sido expulsada años antes del pueblo. ¿Y si hubiesen dicho que “sí”?

La fiesta había sido erradicada: en Paterna se celebraron los “bous al carrer” solamente entre 1981 y 1984. La recuperación excepcional del “festejo” en 2003 provocó que el pleno municipal sacara adelante una ordenanza que rechazaba la celebración de esa brutal tradición.

Creo que el objeto de una consulta nunca puede ser algo que vaya contra los mínimos principios éticos. Hay materias que deberían ser indisponibles para la voluntad de la mayoría. Máxime cuando, como en este caso, se había conquistado el avance social.

La democracia no puede ser la herramienta que de al hombre el derecho a oprimir o torturar…la democracia tiene que ser liberadora, o no será democracia.

Si aceptamos que todo objeto puede ser disponible por la voluntad de la mayoría, pronto nos encontraremos luchando contra la acepción de la democracia de Jefferson, que decía que "la democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%".

La dificultad de ir contra el aparato de un partido

Las democracias occidentales tienen un fuerte componente partitocrático. A pesar de que los partidos políticos se hayan configurado legalmente como un instrumento a través del cual ejercer la soberanía popular, la realidad es que el poder que se ha concentrado en los aparatos de los partidos es tan grande que ese imperio suele ser usado contra la propia democracia.

Son excepcionales las ocasiones en las que a la dirección saliente de un partido no la sucede otra dirección promovida por la cúpula anterior. La explicación puede encontrarse en la marcada piramidalidad y en el colosal clientelarismo que existe en el seno de los partidos.

Como estamos viendo ejemplarizado con el Congreso Nacional y los Congresos Regionales del PP (aunque es extensible a todos los grandes partidos), los procesos congresuales se desarrollan lejos de la acción directa de los militantes: los afiliados delegan todos los votos de sus asambleas en listas de compromisarios promovidas por las ejecutivas locales, cuya estabilidad depende en gran medida de las direcciones regionales, órganos en los que es muy complicado que lleguen a ocupar puestos de mando personas distintas a las impulsadas por la dirección nacional.

Esta delegación en profesionales o en cuadros intermedios de la organización, facilita que se lleguen a arreglos entre “oficialistas” y “críticos”: bien en forma de una cuota de poder en la dirección, bien ofreciéndose respeto mutuo a los cortijos de cada uno, bien otorgándoles determinados cargos de confianza.

Siguiendo con el ejemplo del Partido Popular, me parece digno de estudio sociológico que estos días en los que se acerca el Congreso asturiano del PP, me haya sido imposible encontrar a algún afiliado que apoye a Ovidio Sánchez (que lleva perdiendo en tres elecciones autonómicas consecutivas: 1999, 2003 y 2007). A pesar de eso todo apunta a la enésima reelección de la dirección saliente, que o bien volverá a llegar a un acuerdo con los críticos o bien se impondrá usando el famoso “quien se mueve no saldrá en la foto”, que es sinónimo de amenazar con enviar al ostracismo político a quien intente sin éxito derrocar al aparato actual.

Cuando se logra que unos pocos cuadros intermedios críticos acepten lo que se les ofrece o se echen para atrás, el Congreso en cuestión ya está vencido por el aparato: los críticos restantes irán cayendo en efecto dominó, dudosos de sus propias fuerzas pues, aunque saben que son mayoría en las bases, intuyen que no podrán superar las barreras clientelares y no ser por tanto capaces de trasladar esa mayoría al Congreso.

Reclamando el comunismo jacobino

El último artículo del camarada Pedro Mª De Palacio, en el que menta la interesante conexión entre la tradición democrática marxista y la tradición republicana jacobina, me ha hecho retomar un tema que fue precisamente con el que abrí éste blog.

Cuando usa uno el término “jacobino” corre el riesgo de ser malinterpretado. La apropiación indebida que del concepto de “jacobinismo” han hecho muchas personas que no compartían con los jacobinos más que los tópicos que sobre ellos se han vertido, hace que cuando alguien se reclama de la herencia del grupo de Robespierre sea considerado, sin más, un tipo al que le gusta algo así como un modelo centrípeto de Estado.

El republicanismo de los jacobinos es, al igual que el comunismo, un movimiento emancipatorio. Podemos considerar al comunismo el continuador natural de ese republicanismo, por cuanto ninguna otra ideología perpetuó la lucha por la intervención directa de las clases sometidas en la soberanía del Estado que en su día lideraron los jacobinos.

Es un lugar común el considerar el jacobinismo como una especie de absolutismo centralista: nada más lejos de la realidad. La batalla más radical contra el centralismo no la dan quienes se oponen a él reclamando un centro de mando administrativo periférico, lo auténticamente revolucionario para combatirlo es propugnar más participación directa de la ciudadanía, y eso es lo que pedía los jacobinos: soberanía de la sociedad civil.

Reclamaban que se dejara a las comunas el poder de reglar ellas mismas sus propios asuntos en todo aquello que no concierna muy esencialmente a la administración de la república, no siendo las comunas órganos delegados, sino instrumentos de intervención directa por parte de los habitantes del municipio.

Los comunistas que se reclaman de la tradición jacobina hacen también suyas las reflexiones relativas a la formación de la voluntad general del pueblo que sostenía Saint-Just en sus dictámenes: “Aquel que no es nombrado por el concurso simultáneo de la voluntad general no representa más que a la porción de pueblo que lo ha nombrado; y los diversos representantes de estas fracciones, si se reúnen para representar el todo, están aislados, sin vinculación con sus sufragios y no forman una mayoría legítima. La voluntad general es indivisible.

Así pues, aparte de las preocupaciones propias que giran en torno a la principal contradicción que es la que enfrenta a quienes como poseedores del capital controlan los medios de producción y quienes se ven explotados por su condición de trabajadores asalariados, la lucha de los comunistas hoy, enraizándola con el republicanismo clásico, debería tener también como prioridades la democracia participativa en los asuntos políticos y la cuestión de la formación de la voluntad general, que como proyecto inmediato podría tener la reclamación de una circunscripción única electoral en el Estado.

En estos tiempos de crisis comprendo que el pedir más participación o volcar las energías en el problema del sistema electoral podría ser visto como una frivolidad…pero también es necesario que intentemos marcar los discursos políticos en la medida en la que podamos y que no siempre nos vengan dados: recuerdo que en unas jornadas sobre “juventud y precariedad laboral” organizadas por las Comisiones Obreras, el ponente que teníamos la UJCE, tras abordar lo que se esperaba que fuera abordado, dio un giro y acabó hablando de nuestro proyecto republicanista de democracia participativa. Seguramente fue chocante para algún asistente, pero al igual que las reivindicaciones de igualdad género se pretende que se recojan en todos los frentes de la izquierda transformadora, no estaría de más el intentar meter (siempre que no resulte demasiado a calzador) el ideario democrático radical jacobino.

Si somos diligentes estoy seguro de que los oídos ajenos irán siendo cada vez más receptivos a éstas reivindicaciones.

Artículos relacionados: La democracia jacobina, de Joaquín Mirás.

Las normas de la sala de estudio. Normas autónomas y heterónomas.

¿Habéis visto la película “Las normas de la casa de la sidra”? Uno de los momentos culmen de la película se produce cuando a los temporeros que trabajaban recogiendo manzanas el protagonista les lee las normas que el dueño de las tierras había pegado en el barracón donde se hospedaban.

Las normas llevaban allí clavadas desde tiempos inmemoriales, y los trabajadores iban cada año a aquellas tierras y se quedaban en aquel barracón sin reparar en esa hoja de papel que estaba en la pared.

El protagonista, Homer (interpretado por Tobey Maguire), que era el único de todos ellos que sabía leer, se acerca a la pared y a petición de uno de ellos comienza a leer el listado de disposiciones que el terrateniente había establecido como normas para los inquilinos del barracón. Tal vez los trabajadores habían visto antes la hoja allí pegada, pero como no sabían lo que ponía nunca le habían dado importancia. Ahora Homer se la estaba leyendo: eran normas. Los temporeros descubrían por primera vez la naturaleza de aquella hoja.

Homer va enunciando una a una las normas, y cada norma es más estúpida que la anterior (hasta el punto de que todas las normas se podían resumir en dos: “prohibido fumar y subir al tejado”, pero el terrateniente decidió redactarlas como si los temporeros fueran necios, escribiéndolas tal que “está prohibido subir al tejado a dormir; está prohibido subir al tejado a comer; aunque haga calor dentro del barracón, no se puede subir al tejado…”).

Cuando Homer acaba de leerlas, los temporeros le dicen que las quite de la pared y las queme. “Esas no son nuestras normas, Homer…vamos, quémalas”.

La escena nos permite visualizar de una forma maravillosa la distinción entre normas autónomas y heterónomas.

Las normas autónomas son aquellas normas en las que quienes las fija y quienes las recibe son la misma persona. Los trabajadores del barracón se habían dotado de normas autónomas.

Las normas heterónomas son aquellas en las que quien pone la norma es diferente del que la recibe. Los temporeros rechazaban las normas heterónomas para organizarse en el barracón.

Las normas autónomas no tienen porqué ser más justas o adecuadas que las heterónomas (puede que realmente no fumar en aquellas camas de paja fuera una cosa buena…pero los temporeros fumaban de continuo), aunque suelen serlo…lo que sí son indudablemente es más democráticas. Dice Bobbio que, en última instancia y de forma ideal, la democracia es el sistema de la autonomía y la autocracia el de la heteronomía.

Como regla general, las normas autónomas suelen estar mejor adecuadas a las necesidades de los sujetos que las van a recibir. ¿Nunca has vivido una situación en la que piensas cosas como “se nota que quien legisló sobre esto no se tuvo que enfrentar al problema sobre el que legisló”? A mi me pasa muchas veces lo de encontrarme con normas que no responden a las necesidades de quienes las reciben.

En la sala de estudio a la que acudo los fines de semana sucede eso: existe, por citar una, la norma de no poder abandonar el puesto de estudio más de veinte minutos, o se te retirarán las cosas de allí.

Si la gente que vamos allí a estudiar pudiéramos hacer las normas, estoy convencido de que habría unas normas mucho mejores. Por ejemplo la regla de los veinte minutos tendría dos excepciones: no se retirarán las cosas si hay sitios vacíos de sobra; y no se retirarán las cosas entre la 1 y las 3 de la tarde (armisticio para ir a comer).

Son excepciones de pura lógica que de hecho ya se aplican cuando no está allí el controlador, es decir, cuando nosotros mismos hacemos de controladores: nadie te increpa si dejas las cosas allí una hora para ir a comer, aunque esté abarrotado el centro; y nadie te dice que tienes una caradura tremenda si estás fuera cuarenta minutos pero hay sitios vacíos de sobra.
Pero cuando está allí la autoridad nuestra normativa autónoma no sirve de nada: aunque la mitad de la sala de estudio esté vacía te retiran los apuntes cuando pasas afuera más de lo reglamentado, a cualquier hora y en cualquier situación.

Las normas tontas de la sala de estudio son una nimiedad y no causan mayores males…pero por desgracia si subimos nos encontramos con que todo el sistema funciona de forma similar… ¿no sería genial poder participar en la elaboración del Ordenamiento que ha de regirnos? ¿no sería genial…la democracia?

¿Tú qué opinas?

La herencia jacobina

Quiero inaugurar éste blog con un extracto de una estupenda entrevista realizada al historiador Joaquín Miras.

Miras fue militante del PSUC del 73 al 82, organización que abandona a raíz de los desencuentros surgidos en el V Congreso del Partit Socialista Unificat de Catalunya y pasa a formar parte de la escisión que conformaría el PCC (Partit dels Comunistes de Catalunya). Deja también el PCC mientras éste se encontraba conformando Esquerra Unida i Alternativa (el actual referente catalán de Izquierda Unida) por considerar que el partido funcionaba en clave institucional y que había dejado completamente abandonada la tarea de organizar tejido social y de la lucha cotidiana en empresas y barrios.

Actualmente forma parte de la asociación cultura marxista “Espaimarx”.

Aunque toda la larga entrevista es interesante (adjunto el link para acceder al texto completo para quien tenga especial interés) , me parece especialmente destacable sus reflexiones a raíz de tres preguntas sobre republicanismo y comunismo.

Pregunta: Estás vinculado al republicanismo político de orientación comunista. ¿Qué es para ti el republicanismo?

Respuesta: Creo que la izquierda europea, y los partidos comunistas carecieron de una reflexión propia sobre la teoría política –con excepciones como la de Gramsci o Rosenberg; no cabe menospreciar tampoco, en sus límites, el jacobinismo de Lenin -. De hecho, tras la segunda guerra mundial, sus políticas fueron funcionales a los estados llamados de bienestar, sin que se reflexionase sobre la ley, los aparatos de poder, la democracia, y sin que elaborase una teoría política normativa propia al respecto. Lo más político que se llegó a decir era que se trataba de profundizar en una “democracia avanzada” –metáfora topológica-, intuición no elaborada. No teníamos si quiera análisis sobre lo que significaba, por ejemplo, que los parlamentos a penas funcionasen como tales y que las constituciones impidiesen a los parlamentos legislar contra la propiedad privada. Esta carencia de teoría política normativa estaba muy arraigada en la socialdemocracia del siglo XIX y había sido heredada por el comunismo. Existía una corriente muy viva de rechazo de la política: el estado y la ley eran solo instrumentos de coacción de la clase dominante y servían para la lucha de clases; en consecuencia estaban llamados a desaparecer en el futuro. Recuerdo que en hacia 1975 Norberto Bobbio había escrito, en Rinascita si no ando errado, que Marx carecía de una teoría del Estado, y que esta idea había inquietado mucho a Sacristán. El republicanismo -es un nombre aceptable- es el intento de rescatar el acerbo político clásico, el único existente, gracias al cual y mediante el cual se han producido, antaño, en el Mediterráneo, y desde la Modernidad, en Europa, las grandes luchas de sociales y de clases, para repensar la política y ayudar en lo posible a que sirva para el nacimiento de un nuevo movimiento democrático, y para repensar y reconstruir el comunismo.

P: ¿Y por qué el comunismo?


R: Creo que el comunismo es un proyecto necesario: el proyecto ideológico comunista es el único cuyo núcleo central entronca con la tradición de la democracia heredada de la Revolución Francesa, a pesar de todos los desdibujamientos. En consecuencia, su núcleo ideológico, explicitado en el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, es que el fin fundamental de toda actividad es construir un movimiento popular, el movimiento de la democracia, que permita a las clases subalternas organizarse e intervenir de forma directa y protagonista en la política y luchar por la soberanía. Esta es la única prioridad inexcusable del comunismo. La propia elaboración intelectual de los comunistas debe ser orgánica de las experiencias y objetivos propuestos mediante deliberación por el movimiento, no inventada por el estado mayor en un congreso. Recuerdo que cuando Marx va a desarrollar su crítica de la literatura utópica en el Manifiesto, comienza recalcando quién y por qué razón debe ser excluido de esa lista: “No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf, etc)”.

P: No existe entonces, en tu opinión, ninguna otra corriente teórica que defienda esa posición.

R: No, no existe ninguna otra corriente teórica, intelectual, actual que defienda esta idea.

No existe ninguna otra tradición actual que se atreva a recordar que la violencia del enemigo aconseja tener teoría de la violencia como instrumento de lucha. Curiosamente, esta idea que es puro realismo político, y que siempre ha sido sostenida por el republicanismo tradicional, se borra en las elaboraciones teóricas de otras corrientes republicanas actuales y en las de las demás fuerzas políticas populares.

También sus análisis demoledores sobre el capitalismo, contrarios a la existencia de la propiedad privada de los medios de producción, que no son programa político –repito que el programa lo elabora el movimiento en acto- son solo preservados por el marxismo comunista

Estas ideas deben ser defendidas junto a las otras de la tradición política clásica: estado de derecho, libertades, ley, ciudadanía, constitución. Por eso creo necesario recuperar y reconstruir un proyecto ideológico comunista ayudando a que se reinstale en el seno de la tradición de que nace.