Periódicamente reaparece en estos mundos de la izquierda el debate sobre la simbología tradicional del movimiento obrero y la conveniencia o no de abandonarla. La persistencia del debate sugiere que no es un tema superado. Estos días se ha hablando bastante del tema en la blogosfera afín a Izquierda Unida a raíz de una reflexión de Hugo llamada “Comunismo, comunistas”.
Recuerdo que hace unos meses Juan Ramón Capella apuntó en un sentido similar en El Viejo Topo al hacer propuestas para la refundación de IU, sugiriendo que deberíamos
“dejar a otros la palabra izquierda, y definirnos nosotros con una palabra nueva”.
Supongo que la práctica totalidad de la gente que estamos en estas posiciones políticas estaremos de acuerdo en que tan pernicioso es mantener un símbolo por el mero hecho de mantenerlo, como deshacerse de él simplemente por estar proscrito por ese discurso hegemónico contra el que nos rebelamos.
Tradicionalmente la gente heredera de la tradición marxista hemos venido dejando algunos de los términos más jugosos a nuestros enemigos. Durante mucho tiempo dejamos de reivindicar conceptos como “libertad”, “ciudadanía” o “independencia civil” por ser meras ficciones bajo el sistema capitalista. Últimamente nos hemos venido dando cuenta de estos errores y, cambiando la táctica, hemos comenzado a reivindicar esos términos denunciando que son de imposible realización bajo las condiciones de producción actuales, por lo que urge cambiarlas para la consecución de una auténtica “libertad”, una auténtica “ciudadanía” o una auténtica “independencia civil”.
Nuestro cambio de táctica ha sido correcto: ¿por qué dejar el jugoso caramelo de la “libertad” o la “ciudadanía” a quienes hacen imposible la ciudadanía y la libertad?
La adopción de esas nuevas terminologías, de esos nuevos símbolos, no ha impedido que continuemos manteniendo vigentes otros términos y otros símbolos tradicionales: seguimos reclamándonos “socialistas” o “comunistas”; seguimos reivindicando que es aquí donde están los valores de la auténtica “izquierda”; seguimos afirmando la existencia de una “clase trabajadora”, de una contradicción entre el “capital” y el “trabajo”…¡Claro que sí!
Yo apoyo el comenzar a hablar del “precariado”, sin dejar de decir que son parte de la “clase trabajadora”. Apoyo el reivindicar la “ciudadanía” y la “libertad”, remarcando que quien intenta hacernos libres y ciudadanos es la “izquierda”. Apoyo el “Estado social” sin dejar de mencionar que no habrá situación más social que aquella en la que “cada cual aporte al bien común según su capacidad, y reciba del bien común según su necesidad”. ¿”Bolivarianos”? Sí, ¿”comunistas”? ¡También!; ¿”Precarios”? Sí, ¿”explotados”? ¡También!
Personalmente seguiré reclamándome “comunista”: primero porque así me siento, y segundo porque dudo que haya otra palabra más seductora que logre que nos encontremos quienes pensamos políticamente en términos muy similares. Y estoy convencido de que si la palabra “comunista” tuviera boca y pudiera hablar, diría algo tal que así: “si no le gusto a alguien, no pasa nada. ¡En serio, no soy tan vanidosa!”.
La adopción de nuevos símbolos no es incompatible con el mantenimiento de aquellos otros que siguen siendo vigentes o que tienen algún valor intrínseco, como puede ser el mantenernos cohesionados o el ser muy definitorios de algo para lo que no existe otro símbolo igual de apropiado.
[Algunos textos relacionados: "Libertad, igualdad e independencia civil o no" de Liria y Zahonero; "Respuesta a 'Comunismo, comunistas'" de ceronegativo; "Una carta para Hugo" de Sira; "La kefia y la camiseta del Che" y "'Compañeros' y no 'camaradas'. El valor de los símbolos en IU" de El Hijo Rojo]